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lunes 5 de mayo de 2008

Elogio -un poco light- del 2 de mayo de 1808


Francia, la vieja enemiga, una vez más. Inglaterra, en otro tiempo secular enemiga de España, era en esta ocasión aliada de conveniencia por su enemistad a su vez con Francia. Entre los tres nos hemos sacudido con ganas desde tiempo inmemorial hasta el siglo XIX.

El 2 de mayo de 1808, las tropas de Napoleón habían invadido España y controlaban Madrid. No voy a contar la historia, que habrán tenido oportunidades de sobra de ponerse al día en los suplementos dominicales de toda la prensa en las últimas semanas. Y si vive usted en Madrid, querido lector, aunque en el colegio fuera un cenutrio en clase de Historia, es imposible que no se haya enterado del bicentenario, a no ser que trabaje en el Metro y no salga para nada del subterráneo.

Lo cierto es que a España no le quedaba mucho del "imperio en el que no se ponía el Sol". Le quedaban los territorios pero no la fuerza para mantenerlos unidos a la metrópoli. De hecho, apenas concluida la guerra contra Napoleón, se independizaron la mayor parte de las colonias españolas. El resto tuvo que esperar otro siglo, año más, año menos.

El poder naval, destruido en el cabo de Trafalgar (en esa ocasión íbamos contra los ingleses y con los franceses) de la en otro tiempo armada más poderosa del mundo no iba a servir de mucho. Fue una guerra de batallas inmortales y de guerrillas. De auténticos héroes anónimos en alguna ocasión, y de sacar el ojo sin anestesia al enemigo a navajazos las más de las veces. Sin embargo, siempre podremos decir que España fue la primera nación que derrotó a las "invencibles" tropas victoriosas de Austerlitz. Fue en Bailén con un ejército que ya no era el de los invencibles Tercios de Flandes e Italia, pero que al mando del general Castaños fue capaz e poner al emperador de rodillas.

Un país, en suma, en decadencia desde hacía ya más de un siglo. Capaz de momentos tan gloriosos como la victoria de Bailén o como Agustina de Aragón disparando el cañón de la batería del Portillo, pero capaz también de capítulos tan vergonzosos como las abdicaciones de Bayona.

Tras lo de Bayona, es obvio que no se podía soportar a los "gabachos" que invadieron España. Eso está claro, y por eso está también justificada la lucha callejera de los primeros días por las calles de Madrid. Y poco después por las de Zaragoza, Gerona y el resto del país.

"... y entre los muertos siempre habrá una lengua viva para decir que Zaragoza no se rinde.", decían los antiguos billetes de mil pesetas citando a Galdós en el episodio referido a los Sitios de Zaragoza.

Los franceses no eran especialmente heroicos. Los franceses nunca se han distinguido por el heroísmo, sino por nadar y guardar la ropa. Nosotros somos más de nadar con la ropa puesta, y si nos ahogamos, se pierden vida y ropa. Claro que si nos salvamos, escribimos una de esas páginas de la Historia con mayúscula a la que somos muy dados. Sin embargo, los franceses tenían una ventaja clara. No una ventaja militar, sino algo más poderoso: la ventaja de las ideas.

Napoleón fue la última (y desgraciada) etapa de la revolución que cambió el mundo el 14 de julio de 1789 tomando La Bastilla y derrocando a un Luis XVI más pendiente de su peinado que del bienestar de sus súbditos. Cuando eres el rey de Francia y tu única preocupación es que el color de tu sombrero de caza combine con la cincha del caballo, las cosas tienden a ir mal. Sobre todo si el pueblo se muere de hambre y no sabe apreciar el sentido estético de "Su Majestad".

A partir de entonces, los franceses se llaman a sí mismos "ciudadanos", en vez de "súbditos". Los franceses podían haber venido a España con el espíritu de 1789, pero Napoleón escogió enviar a Madrid a un Mariscal de Francia que era hijo de un posadero occitano. Murat era osado pero torpe. Y era cuñado de Bonaparte: Mucha Revolución Francesa pero el tráfico de influencias y el nepotismo funcionan siempre. Murat quería ser rey de España y eso era mucho más difícil de soportar que las intrigas de Fernando VII o la desidia de su padre Carlos IV.

En nuestra sociedad libre de 2008 nadie se considera súbdito de Juan Carlos I en España, con la excepción de Jaime Peñafiel, y eso que últimamente ya no es lo que era. Pero en 1808, los soldados franceses tenían en mente que estaban exportando su revolución al resto de Europa. O eso les habían hecho creer sus mariscales mientras robaban y saqueaban obras de arte en cada país que invadían. Eran ciudadanos-soldado y en teoría venían a decirnos que teníamos que dejar de ser súbditos de monarcas inútiles y vagos.

¡Vivan las "caenas" !, gritaban sin embargo los españoles entre navajazo y navajazo asestado con saña al estómago de un soldado francés. Y de tanto pedirlas, tras la guerra volvieron las cadenas. Volvió Fernando VII "El Deseado", uno de los poquísimos reyes españoles a los que no se dedican calles, plazas u hospitales.

He dicho al comenzar el post que los enemigos ancestrales de España siempre fueron Inglaterra y Francia. Los herejes y los gabachos desde antes del siglo XV ya peleaban con nosotros por la supremacía mundial. Sólo les faltó que la unión de Castilla y Aragón coincidiera en el tiempo con el oro de Indias y las posesiones en Flandes e Italia para que ambos vieran que ya no eran los que cortaban el bacalao en la Europa de los siglos XV al XVII.

Así que desde Seminara en 1495 hasta Rocroi en 1643 (o más exactamente hasta las Dunas en 1658), pasando por San Quintín o Pavía, los Tercios imperiales degollaron a cuantos herejes y gabachos se encontraron en los campos de batalla.

Sin embargo, el mayor enemigo de España siempre ha sido la propia España. Al "Vivan las caenas" le han seguido gritos no menos patéticos como aquel de Millán Astray ("Muera la inteligencia, Viva la muerte") pronunciado ante Miguel de Unamuno. Tampoco podemos olvidar aquello de "Que inventen ellos" del propio Unamuno, parece mentira. Hay un largo etcétera de frases hechas que nos han marcado. Somos nuestro peor enemigo, con lo que decimos y con lo que hacemos. Al menos no se puede decir que no somos coherentes.

El caso es que acabada la guerra y libre España del invasor francés, las Cortes de Cádiz de 1812 aprobaron una Constitución. No duró mucho, lo justo para que Fernando VII se diera al regresar en 1814 el gustazo de abolirla y poner el reino en manos de cuatro tahúres del tute subastao y algunos amigotes aficionados al vino barato. Así comenzó nuestro maldito siglo XIX. Ese del que hasta hace cuatro días hemos venido pagando las consecuencias.

Fernando VII gobernó con mano de hierro hasta casi mediado el siglo. Salvo los tres años que siguieron al famoso "Marchemos todos juntos, y yo el primero, por la senda constitucional". Gente como Jovellanos, Moratín, Lista o el propio Goya tuvieron que exiliarse acusados de afrancesados, liberales, revolucionarios. Sin embargo, estos presuntos traidores no eran sino personas que querían modernizar España con las ideas de la Francia revolucionaria de 1789. La idea era buena, pero no contaron con los españoles: ¿Qué esperaba Napoleón invadiendo España y poniendo a su hermano como rey? ¿No recordaba que estaba en un país que se pasó casi mil años matando a los árabes a los que no habíamos invitado a venir a invadirnos?

Si la entrada de las ideas liberales se hubiera producido de otro modo, probablemente nos hubiera ido mucho mejor. Se podría haber enviado a los monarcas al exilio a Indias o a cualquier otro sitio. O como mínimo la Constitución de Cádiz (o una similar) habría limitado su poder. De la forma en la que se produjo todo, España fue cayendo y cayendo conforme avanzaba el siglo XIX hasta que tocó fondo en 1898. O creía haber tocado fondo, porque luego el 98 empalmó con la guerra en Africa, de ahí a la II República y en seguida vino lo de 1936, y hasta 1975. Más oscuridad, casi dos siglos sin ver un poco de luz. Parece mentira cómo los acontecimientos de 1808, o más concretamente las consecuencias de la vuelta de Fernando VII, nos llevan en volandas a la guerra civil casi como en una fórmula matemática:

1936 =


[(Fernando VII+Guerras Carlistas)-I República+1898+Guerra Africa+II República
-------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Economía poco industrializada x (Catolicismo secular + Pueblo ignorante)



Yo, de haber vivido el 2 de mayo de 1808 me hubiera levantado en armas en Madrid, en Zaragoza o donde fuera. Habría despachado a cuantos gabachos se me hubieran puesto a tiro y tal vez me hubieran fusilado en la Moncloa, o habría muerto en el sitio de Zaragoza.

Pero si las ideas liberales hubieran entrado en España de otra manera, seguramente las habría hecho mías. El 2 de mayo fuimos héroes, pero sellamos el comienzo de una de las épocas más negras de nuestra historia. No había más remedio que levantarse contra el odiado invasor, pero al mismo tiempo nos estábamos echando las "caenas" encima. Y nos ha costado casi dos siglos romperlas.

Así que una vez rotas ¡Viva el 2 de mayo de... 2008!

1 marineros comentaron:

J. F. Sebastian dijo...

Desde hace algún tiempo estoy suscrito a este blog en mi correo y tengo que decir que rara vez no coincido con sus análisis. En esta ocasión no lo puedo hacer más. De haber dejado quedarse a los franceses hoy 'este país' como lo llaman algunos sería algo muy distinto. Pero somos lo que somos, desde la época romana que refleja José Luis Corral en su novela 'Numancia', en la que un legado romano criticaba a los celtíberos por no ver más allá de la tribu. Bueno en eso sí que hemos cambiado. Ahora ya no vemos ni siquiera al vecino.