
Con su eterno traje blanco, Tom Wolfe es como una caricatura de caballero del sur en pleno Upper East Side, un look tal vez más apropiado para saborear un julepe de menta en el Derby de Kentucky con un sombrero panamá o fedora de Borsalino, que para pasear por el gris y sucio Nueva York.
A Wolfe (From Bauhaus to our house, 1981) no parece que le hiciera gracia la llegada de los gurús de la Bauhaus a EEUU tras el cierre por los nazis de la escuela que tuvo sedes en Weimar, Dessau y Berlín: Más aficionados a la monumentalidad de Albert Speer, arquitecto oficial del Reich, que por la revolución estética del "less is more", los nacionalsocialistas echaron en brazos de los norteamericanos a Walter Gropius, Ludwig Mies van der Rohe y Hannes Meyer, junto a otros arquitectos y artistas fudamentales para entender el arte del pasado siglo XX, que desembarcaron en el país (Meyer se fue a México) y desarrollaron su criterio estético desde Chicago o desde la escuela de arquitectura de Harvard.
Según el curioso criterio de Wolfe, los glass-boxes que proyectaban uno tras otro, y cuya influencia ha dado lugar al skyline de ciudades como Nueva York, Toronto o Chicago, no estaban de acuerdo con la arquitectura tradicional norteamericana.
Desconozco cuál es esa arquitectura tradicional norteamericana, porque no creo que se refiera al estilo español tan de moda en su momento (y aún hoy) en California o Florida y que como su nombre indica, es español. Tampoco debe referirse al estilo francés de las mansiones de los estados confederados, cuyo nombre es tal precisamente por ser eso mismo: francés.
Así que si por arquitectura tradicional estadounidense Tom Wolfe entiende los tipis de los indios sioux, comprendo que el edificio Seagram's (estupenda ginebra, por cierto) de Park Avenue y proyectado precisamente por Mies van der Rohe, no se parece demasiado a la tienda de campaña en la que Caballo Loco y Toro Sentado prepararon la batalla de Little Big Horn y que acabó con la caballería de Custer.
Wolfe es un poco dado al melodrama social pero no es tonto, así que supongo que se está refiriendo por ejemplo a Frank Lloyd Wright o a Richard Neutra como "arquitectos tradicionales norteamericanos", sin darse cuenta de que ambos habrían firmado proyectos de la Bauhaus y viceversa: si en Taliesin, la escuela-residencia de Lloyd Wright, integraban lugar, uso y función en lo que él llamaba la "arquitectura orgánica"(nada más orgánico en arquitectura que la casa Fallingwater), por otra parte "la forma sigue a la función" era la máxima preconizada por Mies. Nada nuevo bajo el sol, brille en la Bauhaus de Weimar o en la Taliesin de Wisconsin.
A pesar de Tom Wolfe, la influencia de la Staatliches Bauhaus en la arquitectura, el diseño de interiores, y el arte en general hasta nuestros días, es fundamental y tremendamente relevante. Wolfe posiblemente tenga en su casa de Park Avenue alguna silla diseñada por los norteamericanos Charles y Ray Eames, que en los años 50s desarrollaron conceptos ya adelantados, por ejemplo, en las sillas Barcelona o Brno de Ludwig Mies van der Rohe (creada la primera para el pabellón alemán de la exposición de 1929), o en la silla Vassily de Marcel Breuer diseñada para Vassily Kandinsky mientras ambos eran profesores en la propia Bauhaus. Ambas piezas podían estar firmadas sin problemas por los Eames treinta años después, y al ser entonces "tradicionalmente americanas", serían del gusto de Wolfe.
En algún artículo publicado por ahí, he defendido el poder de la arquitectura para cambiar la percepción que el mundo tiene sobre una ciudad. Si Frank Gehry no hubiera construído el Guggenheim de Bilbao como lo hizo (aunque es muy poco o nada Bauhaus) y se hubiera basado en la arquitectura tradicional vizcaína, ahora habría un enorme caserío en mitad de Bilbao; una construcción muy poco adecuada para albergar una exposición de Alexander Calder, por ejemplo. Y menos adecuada aún para mostrar al "perrito" de Jeff Koons que guarda la entrada. Y sobre todo, Bilbao no atraería cientos de miles de turistas cada año que van a ver cómo cambian de color las placas de titanio del edificio según la hora del día. Aunque un caserío puede ser tan buen museo como cualquier otro edificio (véase el Chillida Leku de Hernani), no transforma la vida de una ciudad, qué le vamos a hacer.
Bilbao atrae turistas: ¿Estamos locos o qué? ¿Es el mundo al revés? No sé quién teme al Bauhaus feroz, pero en El Bocho aplauden con las orejas la decisión de encargar el museo a Gehry, el puente y el aeropuerto a Calatrava (incluso con las polémicas), las torres a Isozaki y el metro a Foster.
Cuando vamos a ver una ciudad es sobre todo arquitectura lo que vamos a admirar, sea una catedral gótica o sea la Torre Eiffel (aunque Gustave Eiffel era ingeniero químico, no arquitecto). La transformación de ciudades como Barcelona, Madrid, Valencia o Zaragoza en los últimos años de la mano del Top-10 de la arquitectura mundial (incluyendo a casi todos los Premios Pritzker vivos), ha convertido a España en una especie de museo al aire libre de arquitectura contemporánea, como lo son Chicago o Nueva York en cuanto a la arquitectura del periodo post-Bauhaus. Las conversaciones de personas "normales" en cualquier gran ciudad española aparecen ya trufadas de nombres como Moneo, Nouvel, Pelli, Hadid, Piano, Koolhas... además de los que ya he nombrado.
Posiblemente la arquitectura es la más influyente de las artes, junto con la literatura. Si ésta puede formar y transformar nuestro modo de pensar y por tanto de actuar; la arquitectura condiciona nuestro entorno y la forma en la que interactuamos con él. La calidad de nuestro entorno determina nuestra calidad de vida (Norman Foster). Nos movemos en las ciudades condicionados por la arquitectura, sea brillante o mediocre. No podemos pasar de ella como podemos pasar (aunque no encuentro un motivo) de la pintura, por ejemplo. Los arquitectos y urbanistas se convierten así en los artífices de que disfrutemos u odiemos nuestro entorno inmediato, aunque en última instancia y debido precisamente a la enorme trascendencia de la arquitectura, son los políticos sus verdaderos controladores y por tanto responsables del disfrute o del odio hacia nuestro entorno urbano. Con la literatura no pueden, aunque lo intentan todos los días. Pero esa es otra historia.
Hablando de arquitectura, en no pocos casos un museo urbano es ya una obra de arte en sí misma de modo que el continente pasa a ser parte de la exposición, tanto o más importante que el contenido. Además del Guggenheim, no podemos olvidar el CARS en Madrid, de Moneo y de Nouvel en dos épocas diferentes, el Thyssen de Madrid y su remodelación del Palacio de los Duques de Villahermosa que fue obra también de Moneo, o el nuevo Prado al que una vez más Rafael Moneo añadió espacio complementando el edificio de Villanueva. El arquitecto navarro parece tener el monopolio de los museos de Madrid, aunque Gallardón le encargue a Alvaro Siza la remodelación del eje Prado-Recoletos, que variará nuestra percepción de la obra de Moneo de forma importante.
También la Expo de Zaragoza tuvo una cierta repercusión en España, pero lo que el resto del mundo conoce o conocerá es el Pabellón-Puente de Zaha Hadid. Esa construcción puede tener en unas décadas una repercusión para la ciudad comparable a la que la Torre Eiffel tuvo para París. No digo que Zaragoza sea París, hablo de la trascendencia para la ciudad. Y es que una vez dije que "Mañolandia me mata", pero a veces las cosas se hacen bastante bien.
No sé si una versión diletante de Wolfe preferiría saborear un pastel de jengibre o de ruibarbo en el porche de una mansión de estilo francés en su Virginia natal, mientras escucha los suaves arrullos de los cantos de los esclavos en la plantación. O si tal vez yo simplemente le dejaría saboreando su julepe de menta en la Tavern on the Green de Central Park, un sitio seguramente muy de su gusto. En todo caso, sus millones de dólares le permitirían no tener que dormir en un tipi, la arquitectura tradicional norteamericana "auténtica".
Mientras, con una caña o una clarita bien fría y sin julepe de menta (prefiero un mojito, ya puestos), los demás disfrutaremos de la transformación de nuestras ciudades, conscientes de que las maravillas que vemos (reconozco que no en todos los casos, también se cometen atropellos en nombre de la "arquitectura moderna") tuvieron su origen en una escuela de artes aplicadas y arquitectura fundada cerca de Weimar. Y sí, por supuesto también en Frank Lloyd Wright. Y en Antonio Gaudí. Y en otros que seguramente no le gustan a Wolfe.
Yo no temo al Bauhaus feroz... ¿Y usted?.
martes 28 de octubre de 2008
¿Quién teme al Bauhaus feroz?
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3 marineros comentaron:
Jeje, me han gustado mucho sus dos últimos post.
Ya lo encontré:
http://transiberianterminus.blogspot.com/2005/11/edificios-inteligentes.html
Otro flanco del mismo (sensacional) libro. Hay que leer los ensayos de Wolfe. Una permanente fuente de inspiración. Recordemos 'El coqueto rocanrrol aerodinámico color caramelo de ron', por ejemplo ;-D
Hola Herr Hans. A mi me gusta mucho "La izquierda exquisita", aunque no sea más que por el clavado retrato de los diletantes de Park Avenue, y sobre todo su aplicación práctica en la España actual. No tengo que nombrar a nadie, que ya le he dedicado al menos dos posts a los interfectos de la intelligentsia hispánica (bueno, esa palabra es muy imperial, mejor "del estado español")
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